Imagen de Francisco Moreno Fernández

Cómo afecta la reforma migratoria al español

Se observa que la sociedad estadounidense está alerta e inquieta ante la reforma migratoria anunciada por Barack Obama, que conlleva una acción ejecutiva del presidente por la cual se alivian las deportaciones y se autorizaría a disponer de permiso de trabajo a aproximadamente 5 millones de inmigrantes indocumentados, la mayoría de origen hispano. Con ello se beneficiarían aquellos cuyos hijos son ciudadanos o residentes permanentes, así como los llamados dreamers, llegados a los Estados Unidos antes de cumplir 16 años de edad. Más allá de cuestiones jurídicas y debates políticos, la inquietud social, cuando no la oposición, nace por la legalización de un contingente poblacional al que se supone no integrado culturalmente en la sociedad y que podría reforzar a una comunidad latina que parece contar con una agenda propia. Aunque la mayoría de los estadounidenses está de acuerdo con que los indocumentados permanezcan en el país, casi la mitad de ellos piensa que los inmigrantes son una amenaza para las costumbres y los valores de los Estados Unidos, así como para la cohesión que proporciona el uso general de la lengua inglesa.

Una de las consecuencias más evidentes de la integración de indocumentados latinos a partir de 2015 sería el crecimiento oficialmente reconocido de la población hispanohablante. De este modo, la Oficina del Censo habrá de recoger unas cifras en las que podría crecer significativamente el número de usuarios de español en casa, así como descender la proporción de hispanos que no hablan muy bien inglés. Estos hechos, no nos engañemos, son indeseados por el estadounidense medio, que los interpreta como un retroceso para la cohesión social, si no como una amenaza. Por ello la reforma migratoria apela al requerimiento de aprender inglés y de conocer la historia de los Estados Unidos para acceder a la residencia permanente. Da la impresión de que no basta con que más del 90% de los hispanos sepan hablar inglés y que cerca del 75% lo hablen bien o muy bien (65). Tampoco basta con la evidencia de que los hispanos aceptan casi unánimemente, con toda naturalidad, que la vida en los Estados Unidos requiere el conocimiento de una lengua, la inglesa, que están dispuestos a adquirir y perfeccionar con ahínco.

El observador desearía que el afloramiento «oficial» de nuevos grupos hispanohablantes sirviera para reforzar los programas de educación de y en español o para renovar la conciencia sobre el potencial de la enseñanza bilingüe. El conocimiento y el uso del español en los Estados Unidos enriquece la educación de los ciudadanos y los prepara mejor para empresas internacionales, sin poner por ello en riesgo ni la función social del inglés ni la unidad nacional. El observador sospecha, sin embargo, que la integración de los indocumentados no venga sino a intensificar los temores de los guardianes de las esencias nacionales y a provocar situaciones como las que Carreira y Beeman mencionan en su libro Voces. Latino Students on Life in the United States (2014), en las que los niños hispanos llegan a sentirse en la escuela menos inteligentes y hasta menos estadounidenses que los demás, por el simple hecho de saber hablar español.

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